viernes, 14 de junio de 2013

Redención al redentor


Acabamos de pasar el día 22 de mayo, fecha exacta, hace 100 años justos, del natalicio del enorme Richard Wagner. Para nuestra fortuna, todo el año nos depara celebraciones, incluyendo los montajes de Tristán e Isolda por parte de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, y de Tannhäusser por la Ópera de Colombia, bajo la dirección de la joven y reputada batuta del venezolano Gustavo Dudamel. Ambas óperas son estrenos absolutos en el país.
Así las cosas, en esta entrada quiero ofrecer a ustedes la nota que generosamente me publicó el diario El Espectador respecto al compositor y su circunstancia. En ella no sólo invito a revisar la obra del alemán dejando a un lado cualquier tipo de prejuicio, sino que además ratifico que, a diferencia de lo que nos han querido vender, no es cierto que nunca se haya montado un drama lírico de Wagner en Colombia.
Va, pues, la nota, sin mayor preámbulo:


La nostalgia del megalómano


Hans von Bulow estaba destinado a ser abogado, pero en su camino se cruzó Lohengrin. También estaba signado a ser hombre de familia, pero se atravesó el autor de aquella ópera cuan rotunda podía llegar a ser su personalidad. A Richard Wagner no le bastó la consagración íntegra de Von Bulow como director para sus piezas: también le fue necesario arrebatarle la mujer. Enterado acerca del nacimiento del primogénito de Wagner con quien fuera su esposa, Cosima Liszt (hija del también compositor Franz Liszt), Von Bulow exclamó en su correspondencia: “El edificio de mis cuernos ha sido coronado así de la manera más brillante”. Con profusión podrían citarse decenas de anécdotas que harían de Richard Wagner un ejemplo de aquello a lo que un ser humano no debería aspirar. Estafador, ventajoso, ególatra, antisemita, son apenas algunos de los epítetos que podrían ajustársele con la holgura de un guante. Pero quien se aferre a ellos como excusa para no acercarse a su música se pierde de una de las experiencias más fuertes, conmovedoras y sobrecogedoras de la historia de la humanidad.
Muchas son las deudas que Occidente y su arte tienen para con Richard Wagner. Tal vez la mayor es la del camino conducente a la música del siglo XX, que llegó a ser lo que fue gracias a la influencia del compositor de Leipzig. Su ópera Tristán e Isolda fue denostada en su momento, e incluso calificada como de mal fario por sus detractores: el tenor Von Carosfeld, que la estrenó en junio de 1865, murió mes y medio después, a sus 29 años, aparentemente destrozados sus pulmones por la dificultad del personaje. Con todo y ello, la modernidad de Stravinski, Schoenberg y demás hubiera sido otra sin la influencia del lenguaje cromático que Wagner fundó en esa ópera, basada en la mitología germánica, como la gran mayoría de sus obras.
Se relaciona a la música de Wagner con cantantes de cuernos y yelmo, orquestaciones ampulosas y unas obras de una extensión ad infinitum. Todo eso, que no deja de ser parte del estereotipo, es resultado de las muy personales ambiciones del compositor, preocupado por ofrecer ya no óperas (palabra que no le gustaba) sino “dramas musicales”. Antes de Wagner, el libreto le era encomendado a un escritor. Él, en cambio, no sólo se encargaba también de las letras, sino de la escena, el vestuario y el foso donde 200 y más músicos se derretían del calor en cada ejecución. Detrás de su idea de hacer de la ópera una Gesamtkunstwerk (“obra de arte total”) se esconde la ambición de quien quiso ser, al menos en su mundo, un dios.
Con Wagner nace la tradición del cantor heroico, una raza labrada ya no para emitir pirotécnicos dos de pecho, como los tenores líricos, sino para trasegar con equilibrio cinco y más horas de performance sobre la escena. En el arte wagneriano, Lauritz Melchior viene a ser lo que Pavarotti fue para la ópera italiana. Y si alguna vez hubo un tenor que pudiera pasearse a cabalidad por los dos mundos, como Plácido Domingo, pocos pueden transitar hoy esos caminos con la holgura de un Jonas Kaufmann.
Recientemente, la Metropolitan Opera de Nueva York recreó las cuatro óperas del ciclo El anillo del nibelungo, con la única escenografía de proyecciones sobre un andamiaje mecánico de placas metálicas móviles, de más de 45 toneladas, que se convertía en bosque, ciudad subterránea, río Rin y hogar de dioses, o Valhalla. Pese a algunos problemas técnicos durante las previas, la producción fue llamada “el sueño de Wagner”. Y se entiende: en las óperas que componen la tetralogía deben aparecer, en diferentes momentos, unas ondinas nadando en el fondo del río, dos gigantes, un grupo de valkirias cabalgando el cielo, un dragón y una hecatombe final. Sólo la tecnología de punta hubiera visto a un Wagner satisfecho.
Mientras, los montajes más tradicionales y solemnes siguen teniendo lugar en la casa operática por excelencia del músico, el Festspielhaus de Bayreuth, Alemania. En el edificio, sonsacado por Wagner al rey Luis II tras un intercambio de cartas en el que se descubre a un monarca enamorado y a un músico que le hace guardar falsas esperanzas para lograr su cometido, se presenta cada año una producción por entero dedicada a su obra, para la que hay que reservar silla con años de antelación. Mario Vargas Llosa, presente en la temporada 2010 de Bayreuth, aseguró que el evento “tiene más de peregrinación y ceremonia religiosa que de fiesta operática”.
Y si todas esas lecciones y principios dejó Richard Wagner en la cultura académica, ni qué decir de su influencia en la cultura popular. De eso dan cuenta los helicópteros sembrando de napalm las praderas de Vietnam al son de la Cabalgata de las valkirias en la cinta Apocalypse Now, o el fin del mundo ambientado por la conmovedora obertura de Tristán e Isolda en Melancolía, del director Lars von Trier. Mención aparte, el Woody Allen que padece visiblemente de una función del Anillo en Misterioso asesinato en Manhattan, y quien afirma que cada vez que escucha a Wagner le entran “unas ganas tremendas de invadir Polonia”.
Hoy, 200 años después de su natalicio, tanto la Ópera de Colombia como la Orquesta Filarmónica de Bogotá han anunciado la puesta en escena de obras de Wagner en el país. Si bien la dificultad de las mismas ha impedido esa posibilidad en tiempos pretéritos, no es cierto que nunca antes se haya montado una obra suya en Colombia. En julio de 1916, la compañía del italiano Mario Lambardi escenificó Lohengrin, un único arresto wagneriano del que dijo el diario El Nuevo Tiempo: “Es mucho esfuerzo de los músicos y del director, con esa carencia de elementos, lograr una interpretación musical de Lohengrin, si no con la majestad e imponencia que la obra requiere, por lo menos alejada de la caricatura”.
El presente año, gracias a las efemérides, el mundo musical volverá de nuevo por los fueros de Wagner. La ideología, tristemente, todavía tendrá que ceder mucho para concederle, como decían las últimas líneas de su última ópera, Parsifal, “redención al redentor”.

viernes, 10 de mayo de 2013

Las 50... Al menos las mías


Hace algunas semanas, los generosos editores de la revista Donjuan me invitaron a hacer mi propia lista de las 50 canciones más importantes de Colombia en su historia. Cuando se emprende la tarea de hacer una taxonomía de las canciones más importantes de un período o una región, la subjetividad siempre será un escollo imposible de superar. Por supuesto, como todo listado de autor, el presente es un acercamiento parcial. Y sesgado, como sesgado es el gusto de cualquiera. Pero en aras de que lo fuera menos, se hizo un repaso exhaustivo de canciones que en determinado momento contaron con una preferencia popular importante que acaso ahora es menor, de piezas que sortearon con holgura la barrera del tiempo y el olvido, y de melodías que se han vuelto himnos de nuestro país en el exterior. Lea, disfrute y juzgue.

NOTA: La numeración de los temas no supone un orden de importancia específico y es más bien, si se quiere, medianamente cronológico.



1-      La Guaneña (atribuida a Nicanor Díaz)
El primer bambuco en la historia de nuestra música. Ha tenido versiones clásicas desde la de Chimizapagua hasta la de Edy Martínez.

2-      El enterrador o La hija de Juan Simón (anónimo)
Versión original del dueto Pelón y Marín, de 1908.

3-      Colombia tierra querida (Luis Eduardo Bermúdez)
Versión de la orquesta de su autor, Lucho Bermúdez, con Matilde Díaz en voz.

4-      La piragua (José Barros)
Versión de los Black Stars y Gabriel “Rumba” Romero

5-      Soy colombiano (Rafael Godoy)
Grabación primigenia de Garzón y Collazos, década del 60.

6-      Se va el caimán (José María Peñaranda)
Grabada por primera vez por la orquesta de Eduardo Armani en 1945.

7-      Cuatro preguntas (Pedro Morales Pino – Eduardo López )
Versión del grupo Oí, 2010.

8-      Ay cosita linda (Francisco Galán Blanco)
Versión de la orquesta de Pacho Galán, 1955.

9-      Alicia adorada (Juancho Polo Valencia)
Versión de Alejo Durán, década del 50.

10-   La casa en el aire (Rafael Escalona)
Versión de Bovea y sus Vallenatos, década del 50.

11-   La pollera colorá (Wikson Choperena – Juan Madera)
Versión de Wilson Choperena con la orquesta de Pedro Salcedo, década del 60

12-   Pueblito viejo (José A. Morales)
Versión de Garzón y Collazos, década del 60.

13-   La gota fría (Emiliano Zuleta)
Versión de Carlos Vives, 1993

14-   El año viejo (Crescencio Salcedo)
Versión de Tony Camargo y su Orquesta.

15-   Guabina chiquinquireña (Alberto Urdaneta)
Versión de Garzón y Collazos, década del 60.

16-   Los cucaracheros (Jorge Áñez)
Versión del Coro Cantares de Colombia, década del 60.

17-   La ruana (José Macías - Luis Carlos González)
Versión del dueto Obdulio y Julián, década del 50.

18-   Bunde tolimense (Alberto Castilla)
Versión de Los Tolimenses, década del 60.

19-   Cachipay (Emilio Murillo)
Versión de Jaime Llano González, década del 60.

20-   Carmen de Bolívar (Luis Eduardo Bermúdez)
Versión de Lucho Bermúdez y su Orquesta, con Matilde Díaz en voz.

21-   El cuchipe (Eduardo Gómez Bueno)
Versión de Brigitte Bardot, década del 60.

22-   Los guaduales (Jorge Villamil)
Versión de Silva y Villalba, década del 70.

23-   A quién engañas abuelo (Arnulfo Briceño)
Versión de Silva y Villalba, década del 70.

24-   El sanjuanero (Anselmo Durán)
Versión de Los Tolimenses, década del 60.

25-   El cafetero (Maruja Hinestroza de Rosero)
Versión de Jaime Llano González, década del 70.

26-   Bésame morenita (Álvaro Dalmar)
Versión de Nelson Pinedo con la Sonora Matancera, década del 50.

27-   Carmentea (Miguel Ángel Martín)
Versión de Luis Ariel Rey, década del 60.

28-   Ay mi llanura (Arnulfo Briceño)
Versión de Arnulfo Briceño, década del 60.

29-   Mi Buenaventura (Petronio Álvarez)
Versión de Peregoyo y su Combo Vacaná, década del 60.

30-   La gata golosa (Fulgencio García)
Versión de Oriol Rangel, década del 60.

31-   Pachito Eché (Alex Tovar)
Versión de Benny Moré con la orquesta de Pérez Prado, década del 50.

32-   Me estás haciendo falta (Jaime R. Echavarría)
Versión de Jaime R. Echavarría, década del 80.

33-   Señor (Graciela Arango de Tobón)
Versión de Helenita Vargas, década del 70.

34-   La múcura (Crescencio Salcedo)
Versión de Lucho Bermúdez y su Orquesta, con Matilde Díaz en voz.

35-   Feria de Manizales (Guillermo González – Juan Mari Asins)
Versión de la banda El Empastre, década del 50.

36-   Espumas (Jorge Vilamil)
Versión de Garzón y Collazos, década del 60.

37-   Yo me llamo cumbia (Mario Gareña)
Versión de Leonor González Mina, década del 60.

38-   La cucharita (Jorge Velosa)
Versión de Los Carrangueros de Ráquira, 1981.

39-   La cuchilla (Jaime Rincón Parra)
Versión de Las Hermanitas Calle, 1983.

40-   Cali pachanguero (Jairo Varela)
Versión del Grupo Niche, 1984.

41-   El preso (Álvaro Velásquez)
Versión de Fruko y sus Tesos, con la voz de Wilson Saoko, 1975.

42-   La creciente (Hernando Marín)
Versión del Binomio de Oro, 1976.

43-   Canela (César Mora)
Versión del Conjunto Camaguey, 1990.

44-   Nadie es eterno (Darío Gómez)
Versión de Darío Gómez, 1986.

45-   Sin medir distancias (Gustavo Gutiérrez)
Versión de Diomedes Díaz, 1986.

46-   El camino de la vida (Héctor Ochoa)
Versión del dueto Arboleda y Valencia, década del 80. 

47-   Rebelión (Álvaro José Arroyo)
Versión de Joe Arroyo, 1986.

48-   La tierra del olvido (Carlos Vives – Iván Benavides)
Versión de Carlos Vives, 1995.

49-   La Tierra (Juan Esteban Aristizábal)
Versión de Ekhymosis, 1997.

50-   Baracunátana (Lisandro Meza)
Versión de Aterciopelados, 1996.

viernes, 15 de marzo de 2013


Luciano Londoño López

A Luciano Londoño López y a mí, como a muchos otros correligionarios del tango, nos unió Gardel. Lo conocí luego de que una referencia a un dato de una investigación suya lo llevó a reclamarme amablemente la ausencia de crédito. De 2010 para acá, aclarado el minúsculo tema, fue un verdadero honor haber podido compartir su sabiduría, la acidez de su palabra y su proclividad, tan poco común en estos días, de llamar a las cosas por su nombre.
Nos unió Gardel, sí, aunque tuviéramos diferencias en torno a uno de los tópicos más gardelianos posibles: el de su lugar de nacimiento. Londoño fue un defensor absoluto de la teoría según la cual el Zorzal Criollo era nativo de Tacuarembó, Uruguay. Variedad de ensayos y publicaciones, y el reconocimiento público de pares suyos como Nelson Bayardo, uno de los mayores exegetas de la llamada teoría uruguayista, son prueba de ese convencimiento.
Y sin embargo nos unió Gardel. Cuando algún advenedizo salió esgrimiendo en diarios argentinos la supuesta prueba reina del nacimiento francés del cantante, yo, que soy un francesista convencido (y así lo dejo ver en mi libro “Carlos Gardel, cuesta arriba en su rodada”, de 2005), no sólo descreí sino que me enojé: la tal prueba tenía 90 años o más de haber aparecido y nunca probó nada.
A mi molestia, Londoño me premió escribiéndome: “conozco y respeto tus convicciones sobre el origen de Gardel, y también sé que tu seriedad te impide participar de escándalos mediáticos”.
Fue apenas uno de los avales que tuvo generosamente para conmigo el único colombiano con un escaño en las Academias Nacionales del Tango de Buenos Aires y Montevideo, así como en la Academia Porteña del Lunfardo. Básicamente se trataba del compatriota con mayor autoridad para hablar del género marplatense, lo cual ya sería suficiente mérito si no fuera porque además era una biblia del bolero, el son cubano y demás manifestaciones populares sonoras latinoamericanas.
Que estas palabras sean un hasta pronto, Maestro Luciano Londoño López. Le quedé debiendo las condolencias por el deceso, apenas hace un par de días, de su gran amigo y par, el investigador argentino Ricardo Ostuni. Y en la búsqueda de nuestra correspondencia me quedan atravesados, espina en el corazón como dijo el tango, ese par de correos suyos titulados: “Jaime Monsalve… Te llamo y no me respondes”.

lunes, 4 de marzo de 2013

El inefable Puyana

Un primero de marzo, pero de hace 370 años, fallecía el gran compositor de música para clavecín Girolamo Frescobaldi.
La única vez que vi en vivo a Rafael Puyana, uno de los grandes ejecutantes de la obra de Frescobaldi, fue en febrero de 2000, en el teatro Roberto Arias Pérez de Colsubsidio, en un repertorio que no incluyó grandes piezas de la tradición del clavecín. Pero ahí estaba. Era la leyenda viva. El colombiano más importante en el mundo de la música académica. El más avezado alumno de Wanda Landowska, la intérprete polaca que en un arranque de extravagancia había decidido sacar de su misterio a aquel instrumento antecesor del piano que había quedado, tras su llegada, relegado a la trastienda.
Lo dijo Voltaire, de seguro en un ataque de vehemencia: "Ese advenedizo nunca destronará al majestuoso clavecín; comparado con el clavecín, el piano es el instrumento de un calderero". La profecía no se le cumplió del todo, hay que decirlo, hasta la llegada de Landowska y Puyana.
La gente salió maravillada de aquel concierto. Yo no me atrevía insinuar siquiera que había sentido problemas de digitación, notas falsas en su ejecución. Aún hoy me atemoriza revelar ese sentimiento de desconsuelo. Siento que estoy desacralizando a quien no debo.
Pero mi decepción frente al Puyana ya veterano que me tocó en suertes, se hizo mayor al verlo protagonizar una absurda polémica frente a gente de la música en Colombia, no precisamente pares suyos, a principios del año 2003. Lo que pudo haber revelado el músico con sarcasmo o humor negro (la falta de crítica musical en el país, la desaparición de la Orquesta Sinfónica de Colombia, cierta publicación sobre otra agrupación, etcétera), salió a la luz pública en las muy leídas Lecturas Dominicales de El Tiempo como un botafuego de inesperada virulencia en contra de mucha gente que trabajó de buena fe por la divulgación de la tradición académica por estos pagos. No es digno de quien está en una posición holgada sucumbir a la tentación de blandir su superioridad de tal manera.
Para no quedarme con esos aciagos recuerdos del músico, fallecido en su residencia francesa el pasado primero de marzo, justo el día del aniversario redondo de la muerte de su amado Frescobaldi, prefiero poner en casa sus grabaciones para Philips y Mercury. Y disfrutarlas, olvidándome de lo demás. Que al fin de cuentas el dios del clavecín fue humano.