viernes, 15 de marzo de 2013


Luciano Londoño López

A Luciano Londoño López y a mí, como a muchos otros correligionarios del tango, nos unió Gardel. Lo conocí luego de que una referencia a un dato de una investigación suya lo llevó a reclamarme amablemente la ausencia de crédito. De 2010 para acá, aclarado el minúsculo tema, fue un verdadero honor haber podido compartir su sabiduría, la acidez de su palabra y su proclividad, tan poco común en estos días, de llamar a las cosas por su nombre.
Nos unió Gardel, sí, aunque tuviéramos diferencias en torno a uno de los tópicos más gardelianos posibles: el de su lugar de nacimiento. Londoño fue un defensor absoluto de la teoría según la cual el Zorzal Criollo era nativo de Tacuarembó, Uruguay. Variedad de ensayos y publicaciones, y el reconocimiento público de pares suyos como Nelson Bayardo, uno de los mayores exegetas de la llamada teoría uruguayista, son prueba de ese convencimiento.
Y sin embargo nos unió Gardel. Cuando algún advenedizo salió esgrimiendo en diarios argentinos la supuesta prueba reina del nacimiento francés del cantante, yo, que soy un francesista convencido (y así lo dejo ver en mi libro “Carlos Gardel, cuesta arriba en su rodada”, de 2005), no sólo descreí sino que me enojé: la tal prueba tenía 90 años o más de haber aparecido y nunca probó nada.
A mi molestia, Londoño me premió escribiéndome: “conozco y respeto tus convicciones sobre el origen de Gardel, y también sé que tu seriedad te impide participar de escándalos mediáticos”.
Fue apenas uno de los avales que tuvo generosamente para conmigo el único colombiano con un escaño en las Academias Nacionales del Tango de Buenos Aires y Montevideo, así como en la Academia Porteña del Lunfardo. Básicamente se trataba del compatriota con mayor autoridad para hablar del género marplatense, lo cual ya sería suficiente mérito si no fuera porque además era una biblia del bolero, el son cubano y demás manifestaciones populares sonoras latinoamericanas.
Que estas palabras sean un hasta pronto, Maestro Luciano Londoño López. Le quedé debiendo las condolencias por el deceso, apenas hace un par de días, de su gran amigo y par, el investigador argentino Ricardo Ostuni. Y en la búsqueda de nuestra correspondencia me quedan atravesados, espina en el corazón como dijo el tango, ese par de correos suyos titulados: “Jaime Monsalve… Te llamo y no me respondes”.

lunes, 4 de marzo de 2013

El inefable Puyana

Un primero de marzo, pero de hace 370 años, fallecía el gran compositor de música para clavecín Girolamo Frescobaldi.
La única vez que vi en vivo a Rafael Puyana, uno de los grandes ejecutantes de la obra de Frescobaldi, fue en febrero de 2000, en el teatro Roberto Arias Pérez de Colsubsidio, en un repertorio que no incluyó grandes piezas de la tradición del clavecín. Pero ahí estaba. Era la leyenda viva. El colombiano más importante en el mundo de la música académica. El más avezado alumno de Wanda Landowska, la intérprete polaca que en un arranque de extravagancia había decidido sacar de su misterio a aquel instrumento antecesor del piano que había quedado, tras su llegada, relegado a la trastienda.
Lo dijo Voltaire, de seguro en un ataque de vehemencia: "Ese advenedizo nunca destronará al majestuoso clavecín; comparado con el clavecín, el piano es el instrumento de un calderero". La profecía no se le cumplió del todo, hay que decirlo, hasta la llegada de Landowska y Puyana.
La gente salió maravillada de aquel concierto. Yo no me atrevía insinuar siquiera que había sentido problemas de digitación, notas falsas en su ejecución. Aún hoy me atemoriza revelar ese sentimiento de desconsuelo. Siento que estoy desacralizando a quien no debo.
Pero mi decepción frente al Puyana ya veterano que me tocó en suertes, se hizo mayor al verlo protagonizar una absurda polémica frente a gente de la música en Colombia, no precisamente pares suyos, a principios del año 2003. Lo que pudo haber revelado el músico con sarcasmo o humor negro (la falta de crítica musical en el país, la desaparición de la Orquesta Sinfónica de Colombia, cierta publicación sobre otra agrupación, etcétera), salió a la luz pública en las muy leídas Lecturas Dominicales de El Tiempo como un botafuego de inesperada virulencia en contra de mucha gente que trabajó de buena fe por la divulgación de la tradición académica por estos pagos. No es digno de quien está en una posición holgada sucumbir a la tentación de blandir su superioridad de tal manera.
Para no quedarme con esos aciagos recuerdos del músico, fallecido en su residencia francesa el pasado primero de marzo, justo el día del aniversario redondo de la muerte de su amado Frescobaldi, prefiero poner en casa sus grabaciones para Philips y Mercury. Y disfrutarlas, olvidándome de lo demás. Que al fin de cuentas el dios del clavecín fue humano.