Luciano Londoño López
A Luciano Londoño López y a mí, como a muchos otros
correligionarios del tango, nos unió Gardel. Lo conocí luego de que una
referencia a un dato de una investigación suya lo llevó a reclamarme
amablemente la ausencia de crédito. De 2010 para acá, aclarado el minúsculo
tema, fue un verdadero honor haber podido compartir su sabiduría, la acidez de
su palabra y su proclividad, tan poco común en estos días, de llamar a las
cosas por su nombre.
Nos unió Gardel, sí, aunque tuviéramos diferencias en
torno a uno de los tópicos más gardelianos posibles: el de su lugar de
nacimiento. Londoño fue un defensor absoluto de la teoría según la cual el
Zorzal Criollo era nativo de Tacuarembó, Uruguay. Variedad de ensayos y
publicaciones, y el reconocimiento público de pares suyos como Nelson Bayardo,
uno de los mayores exegetas de la llamada teoría uruguayista, son prueba de ese
convencimiento.
Y sin embargo nos unió Gardel. Cuando algún advenedizo
salió esgrimiendo en diarios argentinos la supuesta prueba reina del nacimiento
francés del cantante, yo, que soy un francesista convencido (y así lo dejo ver
en mi libro “Carlos Gardel, cuesta arriba en su rodada”, de 2005), no sólo
descreí sino que me enojé: la tal prueba tenía 90 años o más de haber aparecido
y nunca probó nada.
A mi molestia, Londoño me premió escribiéndome: “conozco
y respeto tus convicciones sobre el origen de Gardel, y también sé que tu
seriedad te impide participar de escándalos mediáticos”.
Fue apenas uno de los avales que tuvo generosamente para
conmigo el único colombiano con un escaño en las Academias Nacionales del Tango
de Buenos Aires y Montevideo, así como en la Academia Porteña del Lunfardo.
Básicamente se trataba del compatriota con mayor autoridad para hablar del
género marplatense, lo cual ya sería suficiente mérito si no fuera porque
además era una biblia del bolero, el son cubano y demás manifestaciones
populares sonoras latinoamericanas.
Que estas palabras sean un hasta pronto, Maestro Luciano
Londoño López. Le quedé debiendo las condolencias por el deceso, apenas hace un
par de días, de su gran amigo y par, el investigador argentino Ricardo Ostuni.
Y en la búsqueda de nuestra correspondencia me quedan atravesados, espina en el
corazón como dijo el tango, ese par de correos suyos titulados: “Jaime Monsalve…
Te llamo y no me respondes”.